Dibujar el patrimonio
Por Christian Álvarez Rojas el 3 de June de 2011
Chile Dibuja, Christian Álvarez, Destacados, Patrimonio Comunidad, Textos

El pasado día domingo 29 de mayo, con motivo de la celebración del Día del Patrimonio, como colectivo realizamos una nueva versión de “Chile Dibuja”. El pie forzado en esta ocasión, fue la irrupción que seis días antes hizo el demolido edificio Krauss (como ejercicio de dibujo y retrato), tanto en la exhibición del material registrado con anterioridad, como en la creación de uno nuevo, nacido de la participación espontánea de las personas en tránsito por el centro y de la propuesta nuestra de representar una construcción olvidada en el tiempo.
Sincerando lo que es nuestro trabajo como colectivo en el espacio público, debo indicar que hasta el momento hemos privilegiado la interacción antes que la dicotomía tradicional de exposición-recepción, y que nuestra acción se acerca más a una elección de condiciones que germinan diálogos (o bombas de sentido según Sebastián Riffo), que a una planificación total de todos los elementos en juego. Fue así como la idea germinal de proyectar el destruido edificio conjuntamente al “taller abierto” de dibujo, se fue enriqueciendo con la espontánea participación de niños y jóvenes de variadas edades, cuyos dibujos transitaron desde la representación inicial del registro fotográfico del edificio Krauss, hacia una posterior crítica hacia la construcción actual, incluyendo las tensiones preocupantes respecto al nuevo contexto demográfico de Santiago marcado por un aumento en la inmigración, sin estar la infraestructura urbana necesariamente preparada para recibir a miles de personas en busca de oportunidades.
El día del patrimonio nace como una medida gubernamental de acercar a la población a la memoria histórica de la república, metonimizada en los edificios cuyo valor arquitectónico se ha resaltado por albergar instituciones o hechos clave para la consolidación del estado: el congreso nacional, colegios emblemáticos, la propia casa de gobierno. El patrimonio aparece así como memoria pública que en su base material, es el diario de ruta de una nación que necesita constantemente reafirmarse para no diluirse en la pérdida del sentido de su relato fundador. La elección de un día domingo para esta conmemoración, que además de ser gratuita se equipa especialemente con personal capacitado para develar el valor del monumento visitado, indica la necesidad de relacionar al patrimonio con la masividad, de establecer un vínculo cohesionador entre una población en continuo flujo por el espacio público, y un sentido de pertenencia referente al hábitat moderno; la ciudad adquiere validez simbólica en cuanto su edificación hace inteligible públicamente el proceso de socialización del espacio, esto es, de construcción de una democracia con soporte material identificable por la ciudadanía.
El edificio Krauss, viene a ser la contracara de la necesaria (e incluso encomiable) conmemoración institucional, pues su historia de auge y repentina decadencia forma parte de una memoria particular, privada, que al no encontrarse en sintonía con el destino manifiesto del progreso debe ceder su legado ante la planificación pública, esta vez, entendiendo lo público como una denominación estrictamente formal. El patrimonio material de una cultura, en la reconstrucción anual vivida en Chile, se enfrenta a la consideración de un valor unívocamente construido desde el presente, temporalidad que no solo se construye desde los vestigios visibles, sino que también desde las huellas borradas. Y es así como la irrupción de un edificio perteneciente a un empresario, demolido hace treinta años, representa aquella memoria privada que alguna vez desapareció del espacio público producto de una especulación inmobiliaria, es el sinónimo inmueble de los miles de chilenos que en la misma época, fueron demolidos para especular un nuevo tipo de sociedad, en la que sus ideas serían un estorbo.
Las más de cien personas dibujando bajo aquella esquina, en un rectángulo usurpado a la calle, plasmaron en papel imágenes presentes y pasadas de aquel espacio, pero también plasmaron con la crudeza típica del dibujo infantil, imágenes de la reconstrucción que hoy vive nuestra sociedad, al menos en Santiago. Pues el patrimonio hoy exige ser ampliado a las personas que habiendo nacido en algún país cercano, hoy necesitan desarrollar su estabilidad material y emocional acá, y nuestra planificación urbana ya ha dado sobradas muestras de no dar abasto, en el Día del Patrimonio, nos vimos en la necesidad de preguntarnos si el otro lado del patrimonio (el privado, emocional y particular representado en el edificio Krauss) puede ser contenido y preservado por nuestra infraestructura social. ¿Seremos los santiaguinos capaces de resignificar nuestra convivencia pública, o haremos como los arquitectos Echeñique, Boisier y Cruz, que en respuesta instalaron un adefesio como monumento a la incomprensión de la memoria? ¿seremos como los hermanos Krauss, constructores de un relato de sentido para el aparentemente nimio rubro de la juguetería, o seremos unos Pinochet de espíritu que haremos desaparecer en la aculturación forzada a los nuevos santiaguinos?.
El dibujo, como práctica pictórica y representacional, tiene el valor de ser un constante recordatorio de nuestra relación como sujetos con la realidad que habitamos. Dibujar, o intentar dibujar el patrimonio olvidado y destruido, nos dio la gran oportunidad de apreciar espontáneamente las fracturas que tenemos en construir una realidad lo suficientemente inclusiva, como para ser considerada patrimonio en el futuro. Algo le pasa a una ciudad cuyos niños dibujan chilenos y peruanos asesinándose, al mismo tiempo que enfrentados al edificio actual de Puente con Catedral recurren al arquetípico dibujo del hogar, o bien, se acude su fantasiosa destrucción acudiendo a Godzilla. En el Día del Patrimonio fuimos testigos como el patrimonio a pesar de ser material, se redefine y resignifica cotidianamente, en la medida que somos capaces (o no) de incorporar a nuestra vivencia citadina a los íconos arquitectónicos. Fuimos testigos de cómo aquella redefinición continua se enfrenta a nuestras fracturas sociales, las internas, y las estúpidamente externas como la xenofobia y el racismo. Y finalmente, de un modo estremecedor, cómo el ejercicio de representación sensible (que algún fundamentalista de la academia burguesa se resistiría a llamar “arte”) es una manifestación cultural que desde la posición individual en el mundo, abre dialogos sobre las formas de habitarlo y de otorgarle sentido.
Agradecemos profundamente a todos los participantes y espectadores, cuya presencia y diálogo continuo y finalizó la acción que habíamos comenzado.
Christian Álvarez








































la fotografía que encabeza el relato corresponde a madre e hija.
“Sincerando lo que es nuestro trabajo como colectivo en el espacio público, debo indicar que hasta el momento hemos privilegiado la interacción antes que la dicotomía tradicional de exposición-recepción, y que nuestra acción se acerca más a una elección de condiciones que germinan diálogos (o bombas de sentido según Sebastián Riffo), que a una planificación total de todos los elementos en juego.”
El trabajo del dibujante cuando sale al espacio público en busca de modelos para representar, es un trabajo de sensibilidad, un trabajo de búsqueda de situaciones. El dibujante no puede pretender manejar el contexto, ni siquiera crearlo, su trabajo es salir a buscarlo (y en ciertos casos manipularlo). El dibujante no sale a la calle para encontrar lo preconcebido, sino que busca en el modelo un detonante de situaciones gráficas, pictóricas o simbólicas (en definitiva busca a través de la sensibilidad).
El dibujante se deja influir por el contexto (aunque esta relación es también reciproca), ya que sin esta relación sería difícil pensar en la imagen como un vínculo comunicativo entre el contexto y el espectador.
Cuando el artista trabaja en el espacio público debe ser consciente de esta sensibilidad, debe estar atento a todas las condiciones del contexto, debe observar la geografía, la disposición de las cosas, el trafico y el movimiento de la gente, debe ser un agudo dibujante que se deje influenciar por lo que acontece en el lugar. El artista no puede ignorar las situaciones fugaces y espontáneas que surgen en la calle, sino que debe utilizar lo que la calle le de (es decir, trabajar desde las condiciones que el lugar le propone).
Así, el artista en el espacio público, más que llevar una gran cantidad de propuestas, debe actuar como un organizador y sobre todo como un buen receptor.
Hay una revista de arte “contemporáneo” llamada Artishock que ha comenzado a realizar una serie de talleres de dibujo con jóvenes artistas “consentidos”. Las imágenes y los textos en ambos sitios web nos muestran un enorme contraste. Abismantes diferencias para abordar un taller de dibujo.
Chile Dibuja piensa en su ciudad, los chicos toman la micro o el Metro y caminan por Santiago, buscan espacios de interés social o arquitectónico, se mezclan con la gente, formulan preguntas y participan con los transeúntes. Espontáneamente los amigos y los participantes se ponen a pensar y dibujar.
En los videos de Gabinete Dibuja se ve la búsqueda de la dinámica de los primeros años de Universidad, recuperando formulas y proponiendo estrategias. Situaciones forzadas para problematizar a los participantes, parejas al azar que invaden sus “cuerpos de obra”, donde lo colectivo no es más que un constructo institucional como dicen ellos mismo “aquí se siente como académico”, una rara sensación, una lista de ejercicios que han propuesto “algunas personas”.
yo dejaría la caga con mis dibujos en ese taller jaja
si cambiai tu comuna de residencia en una de esas te llaman jajaja