Filósofos del arte y mercado en la burocracia, por Claudio Herrera.

El arte contemporáneo chileno de los últimos 20 años se ha sostenido en su carácter afirmativo; en sus “miserias de posición” que la subordinación al mercado académico determina. Su instrumentalización focalizada en esta escolástica institucional le ha generado formas maquilladas de procesualismo y dialéctica, instalando con ello un intelectualismo pernicioso sobre el filósofo del arte. Este agente discursivo –tipo ingenuo pero esforzado en su lucha académica- leyó a la rápida el historicismo malformado ligado al universalismo universitario del arte y sus rituales documentales de “posvanguardia”. No le quedaba otra: allí estaba el excedente publicitario que requieren sus obras y sus artistas. Con esta estrategia ejemplarizante se agudizó hacer del arte contemporáneo una mercancía política y editorial que se implica, día a día, en los paradigmas simbólicos más generales, aquellos que pudieran encarar la simplicidad militante de la nueva clase dominante. El filósofo del arte es hoy un funcionario que debe ayudar a la selección aspiracional del nuevo arte.
La neutralización política de la cultura artística es un efecto imprevisto que la misma ignorancia de las elites ni calcularon, y por lo mismo, instituyeron sobre el campo sin réplica filosófica. Por lo mismo, el arte ha quedado en estos años impedido de obras reales, diseminantes, negativas. Una suerte de filisteísmo sobre la producción se ha agudizado en la idea positiva de la dominación, en el relajo político del academicismo. Democracia es el término, y es la cronología con la que se explaya la clase dominante para ejercer pesada sobre una filosofía del arte sumisa. La prioridad de la democracia será la de encubrir la ciega economía de las palabras.
De hecho, el arte chileno contemporáneo es una de las tolerancias privilegiadas para la dominación, una forma de sensibilidad que se resuelve según las representaciones que las elites inventan y desparraman sobre las tendencias reflexivas. Con una impotencia ideológica a toda prueba, las obras realizadas en el “interior democrático” han sido carne a dispensar y maquillar alienadamente sobre escenarios ilusoriamente divergentes o irreconciliables.[1] El arte en esta escena es presentación conmensurada del poder ante un pueblo desheredado o inexistente. La verdad de los acontecimientos nos debiera develar su práctica como un proceso real de la historia real. ¿Cuál es la historia real? ¿La dominación perpetua e interminable del dinero sobre la sociedad? y ¿qué puede el arte respecto de esto? Como primera cosa: la producción artística hoy justifica el orden existente, generando ilusiones acabadas en la hipótesis de singularidad que encierra toda obra.
El rito mediático de la cultura del partido; efervescencia apaciguada que trama el experto de la palabra en la imagen, es otra forma más de proteger la brutalidad del dinero. Apaciguándolo o negándolo con los panfletos de la moda orgánica ha gestado esquemas y ceremonias artísticas en exceso cagonas.[2] Este tipo de operador político habla de arte como un senador habla de sus propiedades.
Los filósofos del arte legitimados por sus aportes críticos en el curso de la democracia chilena se integraron a la autoridad pública a la manera de funcionarios asustados por el mercado. Con este pavor a la elite objetivaron sin saberlo nuevas cautelas, nuevos ordenamientos, haciendo de orador lateral en las improvisaciones democráticas. Este puro asunto, ciertamente de muy poca importancia, hace deducir que su producción escritural no tiene mayor sentido histórico al interior de una comunidad interesada. En la esperanza de extraer beneficios materiales y simbólicos, este filósofo del arte ha optado por legitimarse ante los corruptos, los depredadores y los ignorantes. No llamará la atención observar que el rito del arte generará ociosidades múltiples, definiendo únicamente la impotencia de la producción y el sinsentido de la circulación. Este sistema intentará seguir generando artistas aminorados, plebeyos, mermados, sin discurso. El academicismo hoy acentuado como ideología virtuosa profundiza estas cuestiones. ¿Cómo integrar la racionalidad del mercado del arte al diletantismo militante? Teatro en que el filósofo del arte es un triste operador que ayuda a cercenar y separar según las necesidades ejemplares que la institución cultural propone para establecer un sistema de representaciones estéticas.
Se escribe de arte para atiborrarse, agruparse y amigarse, para luego generar ficciones normativas, estéticas, políticas. Una camarilla ociosa y cagona que debe escribir, sí o sí, sobre una amanerada pos-vanguardia criolla. Todo esto rinde según la posición simbólica del pusilánime bazar discursivo.
Una abstracción pequeño-burguesa adiestrada por el capital universitario es lo que permanece en estas escenas escritúrales del arte. Posiciones intelectuales constitutivas que se han trabajado desde temprano, intentando querer nombrar lo que es el arte dentro de la sociedad. Qué mejor que escribir de arte y así esquivar la dominación del capitalismo en su fase democrática, para abocarse mejor a una narrativa de señoras aburridas. Sino: ¿cómo hacer hegemonía y celo en la producción del arte? Una ficción autocomplaciente de muy baja calidad crítica se afincó en la escena reformista, incentivándose a escribir, documentar y escenificar la producción en tiempos de extremo nepotismo. Esta escritura del arte del todo amancebada no podrá dar cuenta de nada verdadero, de ninguna historia real, sino de los simulacros que permite la regla, la “inmanencia” de lo embrutecido. Discursos y hablas viciados por su propia investidura dentro de las economías del saber, no pueden sino solo actuar en el habitus que les impone el capitalismo criollo.
Los últimos 20 años dejaron huella profunda hoy al dejar en evidencia lo inservible de las escenas de vanguardia, aquellas que de manera ridícula y medrosa siguen re-escribiéndose en el reformismo de sus límites. El mercado nuevamente dislocó el lugar de la crítica por intermedio del dinero. Haciendo ideología de lo contemporáneo, el campo del arte en la academia hace funcionar la moral de las universidades. El kitsch del capitalismo no puede sino, ir acompañado de la “enseñanza del arte”, del saber pintar y dibujar.[3]
Del artilugio concertacionista queda hoy solo el derrame de obras y textos apaciguados por la obediencia al poder. Da la impresión de un tiempo perdido, de una pérdida de tiempo, de una trama teatral en la cual sus actores aparecen y desaparecen según sea la circulación de las elites en la rotación de una cultura conservadora y rebuscada. El arte, por mientras, provee de ilusiones asociativas, genera comunidades electorales, o la ficción de una emancipación indeterminada.
En democracia los artistas, sus obras y sus escribas se reificaron, sufrieron un “desmantelamiento histórico” y dejaron de hacer lo que tenían que hacer. Las obras a circular muchas veces fueron y son aun mercancías de la academia disfrazadas de obras autónomas. Una mercancía con supuestas disonancias formales o teóricas, haciendo converger –en lo posible- una historia mistificada de la pos-vanguardia y la internacionalización imposible del arte chileno. Las ilusiones del campo del arte se esparcen al día de hoy como ideales juveniles sin entender nunca que convergen siempre a ser maniobra comunicacional del poder económico y sus funcionarios discursivos.
Claudio Herrera.
Fotografía: Diario La Nación.
[1] En Chile, el cambio de las militancias en el poder no infringe ningún reacomodo o cambio sobre la estructura del arte, su producción, su circulación o su comunicación. Estas rotan inalterables, idénticas. El capitalismo debe ser administrado en la misma lógica hoy en su definición democrática. ¿Qué sentido tienen hoy los programas políticos, si todos sus detalles han demostrado ser equivalentes a la dominación?
[2] En la “democracia concertacionista” quienes llevaron a cabo la función pedagógica e ilustrada del sistema están hoy descritos como “sociólogos”, “publicistas”, “decoradores de interior”, “arquitectos”, “estilistas”, “comediantes”, “artistas de vanguardia”, “poetas”, “deportistas”, “dealers”, “abogados”. Tan bien se nota hoy: la democracia es solo el funcionarismo exacerbado que rinde en la mediocridad política de estos agentes.
[3] Clement Greenberg describe los encargos y prescripciones que el arte trae consigo desde el renacimiento. La producción de obras estaba predeterminada ideológicamente. El artista operaba solo como un artífice, un productor de imágenes solventadas desde una discursividad hecha sociedad.








































Por Sebastián Riffo el 14 de May de 2012
Arte Nacional, Crítica, Textos