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“La Pasión de Michelangelo”, el choque de mundos paralelos

La película de Esteban Larraín nos trae de vuelta a la memoria colectiva la historia de Miguel Ángel Poblete,  joven habitante de la localidad de Peñablanca que aseguraba ver a la Virgen María, y recibir de ella mensajes de salvación para el pueblo de Chile. Tal consigna, causó el esperable impacto en un país a la fecha profundamente católico, víctima de una dictadura, y en una plena crisis social que resultaba ser el augurio del retorno a la democracia. La complejidad enorme de los hechos y sus repercusiones culturales y filosóficas, es resuelta de manera brillante tanto por la dirección, como por el guión -del propio director en conjunto con José Román- logrando poner en escena el desarrollo de los hechos en mundos paralelos.

El primero de ellos, y más evidente, es el de la religiosidad popular. A pesar de situarse cronológicamente en una época moderna, y de ser la propia religión católica un sistema de creencias de creciente pretensión racionalista, los devotos existen en una temporalidad que podríamos llamar barroca; la fe no es un resultado de un proceso lógico, sino el cese de éste ante una experiencia que desborda el análisis y la propia percepción de los sentidos. Las supuestas apariciones son validadas en tanto hacen de Miguel Ángel un intermediario que corporaliza su mensaje sangrando, sollozando, impostando su voz, hablando en latín -el idioma de los ángeles-, en definitiva, dramatizando y convirtiendo en performace la que, de hecho, es su auténtica creencia de ser un vidente. Y aquí radica otro rasgo expuesto de forma explícita: tal creencia es transversal, no depende de jerarquías sociales como las creencias en contexto moderno, sino que congregan desde el niño en situación de calle hasta el Padre Lucero -el sacerdote del pueblo-, y aquel creyente acomodado que, en una misa recatada, propia de la vivencia elitista de la fe, y presidida por el obispo, manifiesta su necesidad de acercarse al vidente, evidenciando una añoranza por ese desborde perdido en su círculo social, pero que persiste en el mundo popular.

La iluminación expresionista resalta las tensiones; la clase, se delata en su fin manipulador

El otro mundo, por supuesto, es el que aparece en el uso político de los hechos. Político en el sentido amplio, es decir; tanto la manipulación distractiva efectuada por la dictadura a través de sus agentes y servicios represivos, explicitada en personajes como Larrazaga que, habiendo decaído el fervor en Peñablanca, le consulta a su chofer si le interesan los cometas, en clara alusión a la posterior manipulación mediática del cometa Halley con fines distractivos; como la cautela y observación efectuada por la iglesia católica a un nivel jerárquico. La iglesia necesita “probar”, falsar “empíricamente” que las apariciones sean reales, pues, si bien sus fundamentos no son racionales, la modernidad le ha exigido moverse a la par con sistemas que sí pretenden serlo, como el estado. Esta contradicción se refleja elocuentemente en el Padre Ruiz Tagle, quien quiere creer, pero ante la falta de pruebas convincentes, no hace más que reafirmar sus crecientes dudas teológicas. Detalle quizá presagiado en su primer encuentro con el Padre Lucero, el que es seguido por un plano senital obstruido por las vigas de la iglesia: no hay mirada trascendente posible que nos aclare los hechos, sólo dudas y pequeñas certezas.

Finalmente, otro mundo no menos importante, es el que podríamos llamar “psicológico”, y es cómo se vivió el fenómeno desde las subjetividades de los participantes, de forma paralela a los contextos socioculturales mencionados. El personaje de Facundo, comerciante y comunista, viene a actualizar la vivencia popular de la política; “soy comunista pero no hueón”, dice, al ser sorprendido en su plan de lucrar con el fervor popular. La subsistencia es previa a las ideologías, y éstas últimas, no tendrían que mancillarse por las estrategias de lucha sino incluirlas, se nos muestra. Su amigo Modesto, un “fotógrafo de plaza” que alcanza notoriedad al vender sus registros a la prensa escrita, vive la disyuntiva de ser ateo y ver todo desde una perspectiva material, pero siendo esposo de una mujer reconvertida a su fervor gracias al mensaje de Miguel Ángel. La relación de ambos, cómo la fe determina las decisiones en el matrimonio, muestra un dejo de tragedia en el fervor popular, pues bajo el contexto barroco enunciado anteriormente, toda desgracia es un castigo divino, y todo acto puede romper el fino hilo que impide la caída a la desgracia.

Pero sin dudas, donde la película logra su mayor profundidad es con el personaje de Miguel Ángel, en una interpretación de Sebastián Ayala que quedará en la memoria de cualquiera. Asumiendo la veracidad de su creencia, se muestra cómo el propio discurso católico puede, en contextos de vulnerabilidad extrema, llegar a generar distorsiones en la percepción de la realidad y la fantasía: un niño huérfano, sufriente al ser tildado de “huacho”, es consolado por una religiosa que le dice que sí tiene una madre, que lo ama y cuida, que está en el cielo y que su nombre es María. En algún momento el deseo se plasma en sus visiones, que distorsionadas por la manipulación de los organismos de la dictadura, altera su propia identidad. Así vemos que para su experiencia erótica, adopta la postura del David, y, bajo esta nueva influencia de paradigmas como el genio creador, comienza a convertirse él mismo en un pequeño tirano, en una réplica de los poderes que lo han utilizado. La devoción ingenua del Padre Lucero, quizá mediada por su “pecado de lujuria”, queda destruida, tal como la propia iglesia que lo alberga.

“La Piedad”

“La Pasión de Michelangelo” logra así salir airosa del extremadamente complejo camino que toma: narrar un hecho histórico que reúne factores religiosos, políticos, sociales y psicológicos, convirtiéndose en una película que, tanto por factura como por profundidad, es un valioso aporte a la cultura artística nacional. La lectura que salta a la vista es la de una asincronía, el cómo la coexistencia de distintas concepciones del mundo en un mismo país, parecieran estar condenadas a cruzarse trágicamente. Sin embargo, la secuencia final, muestra también cómo la religiosidad popular es capaz de persistir aun cuando toda la institucionalidad que -supuestamente- la cobija se desmorona. El relato prefiere anclarse en simbolismos, visuales y lingüísticos, optando por una construcción austera de las imágenes; escenas de mucha acción son resueltas en un par de breves planos. Así, los elementos emocionales son puestos dentro del contexto de la totalidad de la narración, sin sobreexponer los elementos individuales, lo que nos invita a ver la película como una propuesta estética sobre todo un momento cultural, más que los casos puntuales expuestos. Esperemos que una película cuya temática es tan cercana a la mayoría de la población del país, logre ser distribuida de manera que precisamente el sector social que es protagonista, los vulnerables y excluidos, puedan apreciar una representación de sí hecha con un cuidado, detalle y respeto, tristemente no muy abundantes en nuestra historia audiovisual.

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    En Arte y Naturaleza, Revista Aisthesis Nº14, 1982.

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